Las cosas cambian

Quizás por casualidad, quizás por causalidad, pero las cosas cambian.

Hace apenas 3 años, aún jugaba con mi hija Lola a los cuentos en el salón de casa. Ella hacía de princesa y yo del resto de los personajes.

Un día Lola mientras hacía de Blancanieves, acercándonos al desenlace, me pidió cambiar los papeles. “Es que las cosas chulas de los cuentos siempre las haces tú”, me dijo. Mi hija con 7 años, le había dado una patada a los Grimm, a Perrault y a Disney en un inocente alegato por la Igualdad. Y de camino nos dio la idea para hacer nuestra versión de Cenicienta, Blancanieves y Caperucita Roja.

Era imposible negar lo evidente. O besaba el príncipe, o el príncipe escogía de entre las chicas que fueran a su fiesta, o llegaba un cazador o un leñador forzudo cuando el cuento se ponía interesante de verdad. Y, claro, la sartén siempre la tenían mis personajes por el mango. Hasta que Lola se dio cuenta y dijo “hasta aquí hemos llegado”.   

Con su propuesta, Lola reivindicó el protagonismo activo de las princesas de esos cuentos a los que jugábamos. Cuando cambiamos los papeles, descubrimos juntos cómo las cosas pueden cambiar cuando el tiempo les quita la razón y cuando la evolución que se nos presupone las pone en un brete para que, con determinación, dejen de ser lo que eran o al menos se empiece a cuestionarlas.

¿Y qué puede cuestionarse en algo tan inocente como un cuento clásico? Pues muchas cosas, desde lo que Lola pedía con su reveladora reflexión a los muchos micromachismos que pululan con piel de cordero entrelineas o de forma explícita por los renglones.

Al ser cuentos tan populares que todo el mundo se sabe de carretilla han terminado grabando a fuego los clichés que tanto está costando quitar de en medio a las alturas del siglo XXI que estamos. No es cuestión de echarle la culpa de todo a los cuentos clásicos, es cuestión de cambiar las cosas que no nos gustan de ellos. Y de aportar nuestro granito de arena, para que las cosas cambien para bien.

Lola tiene ya 11 años. Me dice que ella es ya una preadolescente. El tiempo galopa a un ritmo que asusta. Acabo de cumplir los 40, y las cosas cambian. Por fortuna.