Ponte las gafas moradas

Hace poco más de tres años comenzamos con esta andadura que nos llevaba a adaptar algunos cuentos clásico a valores de género. Lo hicimos después de que compañeras, profesoras y amigas nos ayudaran y descubrieran nuestras propias actitudes machistas, en una expresión que se nos quedó grabada “ponerse las gafas moradas”.

Una forma de ver el mundo que te cambia desde el primer instante, y mediante la cual comienzas a percibir que ese machismo está inculcado en tu forma de relacionarte y comportarte en un machismo que a cualquier persona con un mínimo de sentido común le gustaría cambiar.

A partir de ahí comenzó un camino individual y colectivo, un camino lento, como lo son los senderos que llevan a cambiar las cosas. Un camino en el que gracias a estas mujeres que nos ayudaron desde el principio a ponernos las gafas moradas, seguimos creciendo y aprendiendo, pasito a pasito, con errores y sin desfallecer, porque sabemos que la meta merece la pena. Pero como todas las gafas precisan de la graduación que cada usuario necesite.

Las gafas moradas están ahí. Excepto si te las ponen desde la infancia con la educación que recibes, cada uno decide cuando ponérselas. Quizás con la lectura, quizás con la escucha y el diálogo, quizás con el análisis de datos estadísticos, o quizás con el sentido común. O quizás con todos estos ingredientes.

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Sin saber que se llamaban así, a mí me las puso mi madre. Y con el paso del tiempo me las han ido graduando mi compañera y mis hijas. Con los años, las gafas cada vez funcionan mejor y te ayudan a ver cosas muy asimiladas por nuestra sociedad pero que con sólo cuestionarlas un poco descubres que es mejor cambiarlas para siempre, desterrarlas, mandarlas bien lejos.

Gracias a las gafas moradas y a los continuos ajustes que de ellas me hace mi círculo más cercano, comprendí conceptos tan básicos como la corresponsabilidad en las tareas del hogar, la diversidad de familias o la sororidad.

Mis hijas fueron las que me las ajustaron para descubrir los micromachismos de los cuentos clásicos; sutiles y edulcorados, pero pillados in fraganti cuando jugábamos a los cuentos en el salón de casa. En apariencia inocentes, se cuelan como “Pedro por su casa” en las cabecitas de nuestras hijas e hijos. De ahí la necesidad de aportar nuestro granito de arena reescribiéndolos, quitando aquello que les chirriaba a mis hijas y que, con una buena graduación, fuimos descubriendo, no sin la oposición de alguno y alguna sin gafas moradas.

Aún queda un largo camino por recorrer, aún quedan muchas cosas por cambiar para alcanzar la Igualdad. Por ello, ¡ponte las gafas moradas cuanto antes y pónselas a tu gente, a tus amistades, a tu familia! Cuantas más gafas moradas haya puestas por ahí, más fácil será cambiar las cosas que no nos gustan.